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Cultura de moda

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Historias de moda contadas con sus fuentes.

Par de zapatos de ante claro con punta cuadrada, hebilla dorada y tacón rojo.
Foto: The Met, dominio público.

El tacón rojo

El tacón alto era calzado de hombre, y el rojo decía quién eras.

El tacón no nació para quedar bonito: vino de Persia, donde era calzado de montar. El tacón fija el pie en el estribo y permite al jinete disparar de pie sobre la silla.

Hacia 1600 aparece en Europa y es cosa de hombres: caballería, fuerza, posición. Las mujeres lo adoptan poco después, en la década de 1620, precisamente por ser un código masculino.

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En la corte de Luis XIV el tacón rojo se convirtió en la marca del noble presentado al rey. El diccionario de la Academia Francesa recoge «talon rouge» con ese sentido: noble de la corte.

Aquí va lo que casi todos los vídeos de moda cuentan mal: NO existe ningún edicto de 1673 que prohibiera el tacón rojo a los plebeyos. Nadie ha encontrado ese documento. Era costumbre de la corte, no ley.

El privilegio que sí existía, este por escrito del rey, era otro: el «justaucorps à brevet», una casaca azul forrada de rojo para unas sesenta personas autorizadas a acompañar al rey.

En el retrato de Rigaud, de 1701, Luis XIV tiene 62 años y lleva zapatos de punta cuadrada con tacón, suela y lengüeta rojos, con hebillas de diamantes. El cuadro está en el Louvre y mide 2,77 m de alto.

Y quienes dejaron el tacón fueron los hombres, hacia 1730: medio siglo antes de la Revolución Francesa, al contrario de lo que se cuenta.

En 1799 Napoleón lo resumía todo: «ni gorro rojo ni tacones rojos: yo soy nacional». Diez años después de la Revolución, el tacón rojo seguía queriendo decir aristócrata.

Dibujo de la patente estadounidense 1.115.674 de Mary P. Jacob, «Brassiere», 1914.
Patente US 1.115.674, 1914. Dominio público.

El sujetador

Ella no inventó el sujetador. Lo que hizo fue otra cosa, y es mejor.

12 de febrero de 1914: Mary P. Jacob solicita la patente estadounidense 1.115.674. El título impreso es una sola palabra: «Brassiere».

No es la primera prenda de su tipo: es la primera patente de EE. UU. que lleva ese nombre. Antes se registraban como «breast supporter», «bust supporter» o «corset cover». Había al menos seis anteriores, una de ellas de 1893.

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Y mucho antes: en 2008 excavaron en el castillo de Lengberg, en el Tirol, y aparecieron prendas de lino con copas cortadas. Datadas por carbono en el siglo XV.

El argumento de la patente no es estético, es práctico: una prenda «sin espalda, que por eso no interfiere con ningún modelo de vestido de noche».

Vendió la patente a Warner por 1.500 dólares. La fábrica produjo el modelo una temporada y lo retiró por falta de ventas. Su propia empresa tampoco salió adelante.

Entonces cambió de nombre y de vida. Como Caresse Crosby, fundó en París la Black Sun Press y publicó a James Joyce en 1929 y a D. H. Lawrence ese mismo año.

La revista Time, en su obituario de 1970, la llamó la madrina literaria de la generación perdida.

La patente dice «Mary P. Jacob». El nombre por el que se la conoce no lo adoptó hasta diez años después.

Bolsillo de cintura bordado con flores, con las cintas para atarlo.
Bolsillo de cintura bordado. Foto: The Met, dominio público.

El bolsillo

Durante dos siglos, el bolsillo de la mujer fue una bolsa atada a la cintura, debajo de la falda.

No iba cosido a la ropa. Era una pieza suelta, atada con un cordón, a la que se llegaba por aberturas en las costuras de la falda y de la enagua. Se llevaban uno, dos o tres a la vez.

Y eran grandes: la mayoría de los que se conservan miden unos 40 por 30 cm. El mayor documentado mide 61,5 por 43,5, más que el mayor Birkin.

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Dentro: llaves, monedas, joyas, reloj, dedal, carta, retrato en miniatura. Las que trabajaban llevaban las herramientas de su oficio.

Eso importaba. Según la ley inglesa, la mujer casada no podía tener bienes propios hasta las leyes de propiedad de la década de 1880. La bolsa atada a la cintura era la caja fuerte que tenía.

Dos historiadoras reunieron 572 juicios del tribunal de Old Bailey por robo de estos bolsillos.

Hacia 1800 el vestido se estilizó, la tela se volvió ligera y la bolsa ya no cabía debajo. Aparece el bolso de mano: el «reticule», del latín reticulum, redecilla.

Pero no hubo sustitución: eso es un cuento demasiado redondo. Los dos convivieron casi un siglo; el bolsillo atado solo cambió de nombre comercial y pasó a llamarse «delantal del dinero» o «bolsillo de viaje».

Lo que no volvió fue el bolsillo cosido. En 2018 midieron 80 vaqueros de 20 marcas: fondo medio de 14,3 cm en los de mujer frente a 23,1 en los de hombre.

Solo en el 40 % de los bolsillos delanteros de mujer cabe un móvil de las tres marcas líderes. Y el precio medio es el mismo: 80 dólares frente a 81.

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