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El malva
El color de tu ropa salió de la basura del alumbrado de gas.
Pascua de 1856. William Perkin acababa de cumplir 18 años e intentaba sintetizar quinina contra la malaria, en el laboratorio improvisado del desván de la casa de sus padres, en Londres.
Salió mal. En el frasco quedó un residuo negro. Al lavarlo con alcohol apareció un morado intenso que ninguna planta y ningún molusco daban. La materia prima era alquitrán de hulla: el desecho de las fábricas de gas que iluminaban la ciudad.
Solicitó la patente el 26 de agosto de 1856, con 18 años, y montó una fábrica con su padre y su hermano. En diciembre de 1857 ya entregaba el color a los tintoreros de seda.
Y lo vendió con un nombre prestado: «púrpura de Tiro», el color de los emperadores, que se sacaba de moluscos y costaba más que el oro — diez mil bichos para un gramo. El nombre «malva» llegó después, y de Francia, por la flor.
En agosto de 1859 la revista Punch publicó «The Mauve Measles»: el sarampión malva. Describía la moda como una epidemia — empieza por las cintas y acaba cubriendo a la persona entera.
Lo que vino detrás: el magenta, los azules de anilina, la alizarina sintética en 1869. Toda la química industrial del color, y después la farmacéutica, salieron de ahí.
Buscaba un medicamento y encontró un color. El color pagó la química que acabó dando los medicamentos.
