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El kohl
El delineado egipcio tenía química de laboratorio, hace más de tres mil años.
Hombres y mujeres de todas las clases se pintaban los ojos en el antiguo Egipto. Negro de galena o verde de malaquita, molidos y guardados en tubos que se abrían con un bastoncillo.
Analizando tarros de kohl del Louvre, unos químicos encontraron laurionita y fosgenita: compuestos de plomo rarísimos en la naturaleza. Se fabricaban con óxido de plomo, sal y agua, filtrados y repetidos durante semanas.
En 2018, la datación por radiocarbono del polvo de un tubo del Louvre con los nombres de Amenhotep III y de la reina Tiye lo confirmó: la fosgenita era sintética.
¿Para qué? En 2010, investigadores del CNRS y del Louvre vieron que esos compuestos, en dosis mínimas, estimulan la producción de óxido nítrico en células de la piel, una de las defensas del cuerpo. Quizá contra infecciones. Quizá: fue en laboratorio, no en personas.
¿Y el sol? Se repite que el kohl hacía de gafas de sol. Ningún texto egipcio lo dice. Es una hipótesis razonable, no un hecho.
Miles de años después, el trazo negro sigue igual. Solo cambió la fórmula, y menos mal: la de entonces era de plomo.
